El líquido amniótico es un líquido claro, transparente e inodoro que rodea al feto en el útero. Su principal función es la de amortiguación, protegiendo al feto de cualquier movimiento brusco del exterior.
En el transcurso del
embarazo se realiza de forma periódica un control del líquido amniótico, valorando su volumen mediante la palpación del útero y la ecografía. La presencia de una alteración del líquido amniótico es un posible signo indicativo de problemas en la placenta o en el feto y requiere, por tanto, intervención médica.
POLIHIDRAMNIOS
Entre las
causas de un exceso de líquido se encuentran:
Gestación de gemelos
Diabetes Malformaciones congénitas del feto. Un ejemplo son las malformaciones del tubo digestivo. En condiciones normales, el feto deglute parte del líquido amniótico. Un feto con alteraciones en su tubo digestivo puede tener problemas para deglutir el líquido, dando como resultado un mayor volumen de líquido dentro del saco amniótico. Los
síntomas de que una embarazada sufre de polihidramnios son:
Molestias abdominales Altura uterina mayor a la correspondiente por las semanas de embarazo Náuseas Edema en las piernas Incremento excesivo de las estrías Si el
polihidramnios es
agudo, es decir, el nivel del líquido aumenta de forma súbita, puede provocar un parto prematuro o la aparición de hemorragias en el útero. El
polihidramnios crónico, situación en la que el aumento excesivo de líquido se produce lentamente, suele asociarse a posiciones anómalas del feto durante el
parto.
¿Qué medidas se toman frente al polihidramnios? Los fetos de embarazadas con polihidramnios suelen ser normales, por lo que no se suele aplicar tratamiento alguno. Únicamente, en el caso de que los síntomas sean severos, puede llegar a extraerse parte del líquido mediante un procedimiento similar a la
amniocentesis. Otra razón para intervenir es la presencia de polihidramnios grave al final del embarazo, en la que el médico puede optar por inducir el parto.